Complicidades
Yo sufro mucho
cuando me quedo estancada en la traducción del inglés al español. Pero sufro
muchísmo más cuando es al revés. Cada vez que me encuentro con uno de esos
bichos intraducibles
pero tan, tan necesarios, me termino enredando en un engendro que trata de explicar, con balbuceadas y gesticulaciones, contextos históricos, folclóricos y literarios hasta que termino rindiéndome y haciendo un puchero silencioso mientras mi chico me mira con resignación.
pero tan, tan necesarios, me termino enredando en un engendro que trata de explicar, con balbuceadas y gesticulaciones, contextos históricos, folclóricos y literarios hasta que termino rindiéndome y haciendo un puchero silencioso mientras mi chico me mira con resignación.
La palabra
“complicidad” no tiene traducción al inglés. Es decir, la tiene, pero solamente
con la acepción legal de conocimiento de un delito. Como un recurso expresivo
extremo, los más exagerados
lo usan para indicar que los partícipes de una travesura infantil son varios niños, siempre con una connotación negativa. Pero a esa complicidad inofensiva, ese compartir secreto que conforma un eje central de la amistad, no se la puede llamar “complicity”. Y me puse a pensar en todas esas historias increíbles de las que soy cómplice y que por eso mismo no puedo contar. Decidí que las voy a escribir, usando metáforas, con los nombres y lugares cambiados y la confianza de que ninguno de los involucrados va a romper el secreto porque yo me voy a encargar de romperles otra cosa.
lo usan para indicar que los partícipes de una travesura infantil son varios niños, siempre con una connotación negativa. Pero a esa complicidad inofensiva, ese compartir secreto que conforma un eje central de la amistad, no se la puede llamar “complicity”. Y me puse a pensar en todas esas historias increíbles de las que soy cómplice y que por eso mismo no puedo contar. Decidí que las voy a escribir, usando metáforas, con los nombres y lugares cambiados y la confianza de que ninguno de los involucrados va a romper el secreto porque yo me voy a encargar de romperles otra cosa.
BENDICE NUESTRO HOGAR
Más por una generosidad enorme que por su espíritu
nómade, su familia y amigos le piden que les cuide casas, autos, mascotas,
terrenos y pertenencias durante viajes y demás ausencias. Él, sin demasiadas
vueltas, se instala donde se lo piden y sigue con su vida. Un día, después de
terminarse un porro, se acuerda de que los dueños de casa no permiten fumar
adentro y se percata de la nube hedionda que se cierne sobre todas las
habitaciones. A pesar del frío, abre la casa; y, congelado y volado, corre a
los armarios a buscar algo con lo que enmascarar el olor a faso paraguayo. Encuentra
un spray de perfume para ropa y se despacha rociando todos los ambientes. Pasa
un rato largo hasta que se da cuenta de que no se siente ningún perfume. Mira
el frasco que ya va por la mitad, y solo entonces encuentra un cartelito pegado
con cinta que dice “agua bendita”.
EL CABALLERO SECUESTRADO
Jack sabía que no pertenecía al lugar que
le habían asignado. Pasaba sus días ostentando su armadura plateada y rodeado
de personajes de nombres y apariencias exóticas. Lo habían traído en afán de
darle un toque de elegancia a ese desfile de celebridades de poca monta pero de
presencia inevitable en cuanta tertulia se produjera. Las personas lo
reconocían por su armadura y por su nombre de abolengo, aunque nadie supiera
realmente sobre la magia que escondía en su interior. El caballero,
imperturbable, sabía que se iría así como había llegado, intacto, sin que nadie
se atreviera jamás a probar sus más intrínsecas delicias. Pero los días
pasaron, y quienes lo habían traído se olvidaron de él. Se produjo un éxodo de
sus compañeros, y, durante la transición, dos viejas regordetas y lujuriosas
tomaron a Jack por la fuerza y lo llevaron a sus aposentos. Allí, encerrado,
las viejas lo despojaron de su casco, aflojaron la plateada armadura y fueron
libando de a poco su magia interior, vaciándolo de dulzura y de la sensualidad
que hasta entonces había reposado oculta. Cuando las viejas se hubieron
saciado, lo único que quedaba de él era su armadura hueca. Todavía hoy puede
verse, expuesta junto a otras carcazas de sus antiguos contertulios, como si de
un trofeo se tratara, la plateada y polvosa armadura del desdichado Gentleman
Jack.
ALLÁ LEJOS
En un país del norte hay una casita con
columnas en la entrada. Ahí viven un señor que se ve exactamente como Papá Noel
si Papá Noel si existiera, y su esposa que tiene una sonrisa franca y amigable.
Tienen dos hijos que no viven con ellos: el mayor se casó hace poco en una
iglesia de Europa que tiene un cementerio atrás, y el menor viaja por el mundo,
sabe varios idiomas, ama el fernet, se viste impecablemente y le queda mejor el
pelo largo.
Lo que da miedo de
esta historia es que ellos no nos conocen ni saben que sabemos tanto sobre
ellos.
CALLATE Y MIRÁ PAL PISO, VOS, REPELOTUDO
La guía del museo repite por millonésima
vez su discurso aprendido hace quince años: los datos arquitectónicos de una
casa majestuosa que se viene salvando por poco de la codicia de los ediles de
todas las épocas. Llega a un vestíbulo acordonado de dos metros cuadrados.
“Este es el piso francés original de mosaicos de cemento encáusticos de principios
del 1900 traídos especialmente para la construcción de esta casa. Se hizo un
excelente trabajo de conservación, este piso es una reliquia única que ya no se
ve en ninguna parte”. Los visitantes, cinco miembros de la misma familia,
tienen un escalofrío simultáneo. Allá en su provincia, en su casa centenaria
como el museo, debajo de un prolijísimo y recién instalado piso de baldosas
símil mármol comprado de oferta en el easy, yacen unos mosaicos idénticos.
REMATO TOYOTA ETIOS. POCO USO.
Quien haya pasado
un verano en Tucumán sabe que el “cuarenta grados a la sombra” es literal y
nada sorprendente. Un día de esos el viejo se metió al auto como a las siete de
la tarde, solo para salir inmediatamente retorciéndose de las arcadas. A la
mañana había pasado media hora profiriendo insultos al aire porque los hijos de
puta de la pollería le habían cobrado diez pollos pero le habían entregado solo
nueve. Resulta que es casi imposible deshacerse del olor de un pollo que ha
estado descomponiéndose durante ocho horas debajo del asiento de un auto. Y
encima tenés que ir a la iglesia a pedir perdón por putear en vano.
EL SOMMELIER LLEGA A LAS SEIS.
No hay remate.
CAFÉ CON SORPRESA
Hay amistades en
las que, no importa lo grave, desesperada, irritante, obscena o cruda sea la
verdad, todo puede decirse. En esas amistades la verdadera señal de que algo
anda mal es el silencio. Por eso, cuando una tarde salieron de un café de calle
Corrientes y fueron llegando despacito a la esquina donde habían estacionado, pidiendo
por favor estar acordándose mal pero no, era justo aquí frente a este banco, ay
dios santísimo dónde carajo está el auto, y se pararon en el cordón desierto de
la vereda, ya los había envuelto un silencio
gomoso y helado. Siguieron caminando sin decirse nada, haciendo de cuenta que
el auto estaba en la próxima cuadra, o en la otra, o en la otra, o no, mejor
volvamos. El portero del edificio de la esquina los esperaba con una pregunta y
una respuesta: -¿están buscando el volsvaguen? Se lo llevó la grúa-. Cuando
emergieron de abajo del obelisco (cuántas personas saben que los autos llevados
por la grúa terminan abajo del obelisco?) se les había destrabado la lengua y
manejaron a casa haciendo chistes sobre el Ingeniero Bombita. Nunca, hasta el
día de hoy, mencionaron la idea de que al auto se lo hubieran robado aunque
sepan que durante esos cinco minutos ninguno pensó en otra cosa.
DE ACÁ NO SE VA NADIE
La posibilidad de
detectar colados en una fiesta depende exclusivamente de la destreza de los
mismos para pasar inadvertidos. Salvo que la fiesta sea de disfraces, en cuyo
caso la tibieza de su ropa regular los delata estridentemente. Esta era una de
esas fiestas y estos eran ese tipo de colados. Ese día, hace unos diez años,
cuando los celulares eran artículos de lujo y la música salía del parlante de
la PC, en medio de la fiesta perdí de vista mi cámara digital de cinco
megapíxeles que había costado dos sueldos. Empecé preguntándole a los más
amigos y ampliando de a poco la búsqueda, hasta que noté que los colados
estaban amagando con irse. Ese día aprendí que, antes de privar ilegítimamente
de la libertad a un par de pibes que se colaron en tu casa, cortar la música y
amenazar con llamar a la policía con toda la seriedad que te permite el disfraz
de alemana cervecera, tenés que revisarle los bolsillos a tu amiga que yace en
el sofá desmayada del pedo desde la una de la mañana.
DECANTAME ESSSSSSTE
Llegó al
restaurant high-end, alto, elegante, atractivo. Se sentó, pidió una gaseosa de
naranja y no dejó que se la sirvieran en el vaso. Pidió que no le trajeran pan.
Miró la carta con calma y rechazó con gracia la lista de vinos. Ordenó la
bruschetta de entrada y la merluza negra de principal. Después pidió hablar con
el sommelier. Impertérrito, le dijo: -Voy a servirme el vino turista. Pero me
gustaría que lo decante- Y volvió la cabeza justo a tiempo para no ver el
rictus de desagradable sorpresa del sommelier. Asistió distraído al ritual de
la decantación, y cuando lo tuvo en la mesa, vació bruscamente la fanta adentro
del decanter. Ante la mirada de horror del sommelier, sonrió, siempre
encantador, y preguntó: -¿Qué? ¿No ibas a pretender que me tome esa mierrrda
sola, verdad?
Publicado en Facebook el 7 de septiembre de 2016
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